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Carta a Vera, mi joven Meloncita.

Foto del escritor: Francisco Moreno Rodríguez
Francisco Moreno Rodríguez
hace 1 minuto
2 min de lectura

Dicen que los hijos son el orgullo de sus padres.

Yo espero haber sido, y seguir siendo, motivo de orgullo para mi madre. Pero con Vera he descubierto algo que no sé si alguna vez imaginé: que uno puede mirar a su propia hija no solamente con amor, sino también con una profunda admiración.

Ahora que tengo estas fotos no puedo dejar de verlas.

Y sonrío.

No solamente por sus tiempos, por las competencias o por las marcas que ha conseguido romper. Sonrío porque detrás de cada una de esas imágenes veo algo que admiro profundamente: disciplina, constancia y determinación.

Y no, eso definitivamente no lo sacó de mí. Esa parte es cien por ciento Vero.

Pero Vera ha hecho esas cualidades suyas.


A sus 12 años ha aprendido a levantarse para entrenar cuando seguramente preferiría seguir durmiendo, a meterse al agua una y otra vez, a repetir, a cansarse, a perder, a mejorar y a volver a intentarlo. Ha aprendido que algunas veces el cronómetro te regala una sonrisa y otras simplemente te dice que todavía hay trabajo por hacer.

Y quizá eso sea lo que más admiro de ella.


Porque sus logros son suyos, por supuesto. Nadie nada esos metros por ella.

Pero sus logros no terminan en ella.

Cada vez que Vera toca la pared y mira el cronómetro, hay muchas personas que esperan ese número con ella. Sus abuelos, sus tías, su prima, su abiya, sus entrenadores, sus amigos y, sobre todo, nosotros, sus papás.


Y entonces algo que consiguió una niña sola dentro de un carril termina provocando sonrisas, mensajes, llamadas y orgullo en un montón de personas.


Creo que algún día, cuando sea mayor y lea estas palabras, me gustaría que entendiera eso.


Que quizá ahora piense que solamente está nadando. Que se trata de bajar unos segundos, terminar una serie o prepararse para la siguiente competencia.


Pero desde afuera nosotros vemos algo más.

Vemos cómo está construyendo poco a poco a la mujer que algún día será.

Y verla hacerlo nos hace inmensamente felices.


No sé hasta dónde llegará con la natación. Tampoco importa demasiado. Habrá más competencias, mejores tiempos, días extraordinarios y seguramente también días difíciles.


Lo que sí sé es que hoy admiro profundamente a esa niña que se para frente al banco de salida, se ajusta los goggles y se lanza al agua dispuesta a descubrir de qué es capaz.


La admiro, la respeto y, sobre todas las cosas, la amo.


Y ahora que tengo estas fotos frente a mí, no puedo dejar de sonreír.


Qué increíble persona estás resultando ser, mi pequeña Corazoncito.

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