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53 vueltas: la música y los que siguen sonando

Foto del escritor: Francisco Moreno Rodríguez
Francisco Moreno Rodríguez
hace 1 hora
2 min de lectura

Hoy cumplo 53 años.


No siempre sé muy bien qué hacer con los cumpleaños. Para mucha gente son una fiesta natural: una fecha para reunirse, brindar, hacer cuentas alegres y mirar hacia adelante. Para mí, en cambio, son días que traen una mezcla más complicada. Hay gratitud, sí; me conmueve de verdad cada mensaje y cada llamada de amigos que se toman un momento para estar cerca. Pero también hay nostalgia. Hay ausencias que, justamente en estas fechas, se sientan a la mesa con uno.


Extraño a mi hermano. No es una tristeza nueva ni una que se resuelva con una frase bonita. Con los años cambia de forma: a veces aparece como un recuerdo muy preciso, otras como la sensación de que alguien debería estar escuchando cierta canción, haciendo un comentario, riéndose de algo que sólo él habría entendido.


También llegan las cuentas. No tanto las de lo que he hecho, sino las de aquello que no hice, los caminos que no tomé, las versiones de mí que se quedaron a medio construir.


Cumplir años puede sentirse como abrir un álbum en el que faltan fotos. Y no lo digo desde el enojo ni porque me resulte imposible celebrar: simplemente hay días que piden otro ritmo, una canción menos ruidosa, una conversación más honesta.


Por eso la música se ha vuelto tan importante para mí.


Tocar una canción no devuelve a nadie ni borra lo pendiente. Pero hace algo que a veces ninguna explicación consigue: abre un lugar donde los ausentes pueden acompañarnos sin necesidad de inventar que siguen aquí. Una melodía puede traer una voz, una tarde, un viaje, una edad. Puede hacer que la memoria deje de ser sólo un peso y se convierta, por unos minutos, en presencia.


Cuando toco el bajo, cuando ensayo con mis amigos o cuando una canción finalmente encuentra su forma, siento que el tiempo no avanza en una sola dirección. Todo lo que hemos amado, perdido, intentado o dejado incompleto sigue vibrando en algún sitio. La música no arregla la vida, pero la ordena un poco; le pone compás a lo que parecía disperso.


Quizá por eso hoy no necesito una gran celebración. Me basta con agradecer a quienes me han escrito, a quienes siguen cerca y a quienes comparten conmigo esta manera de estar en el mundo. Sus felicitaciones no borran la nostalgia, pero la acompañan. Y eso vale muchísimo.


Cumplo 53 con preguntas, con cosas pendientes, con recuerdos que todavía duelen y con una gratitud enorme por la gente que sigue sonando conmigo. Tal vez esa sea una forma suficiente de celebrar: poner una canción, tocarla bien —o al menos con verdad— y dejar que en ella quepan quienes están, quienes faltan y todo lo que aún está por hacer.


Gracias por estar.

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